
Beneitez (2005), sostiene que las características psicológicas tienen sin duda influencia en las manifestaciones alérgicas, de igual manera que hay diferencias individuales en la respuesta a
un mismo estímulo estresante. En el asma, la obstrucción intermitente de las vías respiratorias constituye el primer estímulo estresante y la fuente de malestar más relevante de todos los pacientes, provocando reacciones diferentes en cuanto a la percepción subjetiva de los síntomas físicos (estimación del grado de fatiga, obstrucción de vías respiratorias, hiperventilación, taquiptaquipnea) y de los estados emocionales que provocan los síntomas asmáticos (enfado, aislamiento, preocupación, pánicomiedo).
Los niños asmáticos se pueden sentir restringidos en el aspecto social, molestos por tomar
la medicación y con temor hacia la aparición de las crisis de asma. Las visitas a los hospitales y los ataques nocturnos se agregan al sentimiento de vulnerabilidad y al estrés emocional.
El asma es un problema importante en el ámbito escolar. Los niños tienen que pedir permiso para poder salir y tomar su medicación, ya que solamente en unos pocos colegios se permite a los niños llevar su inhalador al aula. Esto les separa de sus compañeros, puede retrasar el
tratamiento y aumenta la probabilidad de absentismo escolar.
Esta problemática y las frecuentes ausencias de la escuela pueden conducir a los niños a tener dificultades en los deportes y en otras actividades, lo que conlleva a autocompasión, baja autoestima y escasas relaciones con sus compañeros. Una de las variables que ha demostrado mayor relevancia en la evolución del asma es la dimensión pánico-miedo, que hace referencia
al estilo de afrontamiento para manejar la enfermedad crónica.
Los sujetos con altas puntuaciones de pánico-miedo tienden a exagerar sus síntomas, reaccionando ante la enfermedad con elevada ansiedad; siguen patrones circulares de falta de adhesión al tratamiento prescrito, con períodos de utilización excesiva de los fármacos para controlar las crisis y fases en las que toman menos medicación de la necesaria, centrando su atención en los potenciales efectos secundarios de ésta, lo que puede provocar la aparición de
un nuevo episodio de broncoespasmo e iniciar nuevamente la secuencia descrita.
Por el contrario, los pacientes con bajas puntuaciones en la dimensión pánico- miedo tienden a negar y minimizar su incomodidad física y sus síntomas e ignoran la importancia de su enfermedad, mostrando sistemáticamente un patrón de baja adherencia al tratamiento médico.
Ambos grupos originan altas tasas de rehospitalización que duplican las de los pacientes de iguales características en cuanto a enfermedad pero con niveles moderados de pánico-miedo. La dimensión pánico-miedo puede influir además en las características objetivas de la enfermedad y en el juicio clínico del médico.
Hay, por tanto, un alto nivel de morbi-mortalidad. No es sorprendente que las muertes por asma sean más frecuentes en adolescentes que en niños, llegando a estimarse la mortalidad del asma como 6 veces mayor en niños de 15 a 19 años que en los de 5 a 9 años.
un mismo estímulo estresante. En el asma, la obstrucción intermitente de las vías respiratorias constituye el primer estímulo estresante y la fuente de malestar más relevante de todos los pacientes, provocando reacciones diferentes en cuanto a la percepción subjetiva de los síntomas físicos (estimación del grado de fatiga, obstrucción de vías respiratorias, hiperventilación, taquiptaquipnea) y de los estados emocionales que provocan los síntomas asmáticos (enfado, aislamiento, preocupación, pánicomiedo).
Los niños asmáticos se pueden sentir restringidos en el aspecto social, molestos por tomar
la medicación y con temor hacia la aparición de las crisis de asma. Las visitas a los hospitales y los ataques nocturnos se agregan al sentimiento de vulnerabilidad y al estrés emocional.
El asma es un problema importante en el ámbito escolar. Los niños tienen que pedir permiso para poder salir y tomar su medicación, ya que solamente en unos pocos colegios se permite a los niños llevar su inhalador al aula. Esto les separa de sus compañeros, puede retrasar el
tratamiento y aumenta la probabilidad de absentismo escolar.
Esta problemática y las frecuentes ausencias de la escuela pueden conducir a los niños a tener dificultades en los deportes y en otras actividades, lo que conlleva a autocompasión, baja autoestima y escasas relaciones con sus compañeros. Una de las variables que ha demostrado mayor relevancia en la evolución del asma es la dimensión pánico-miedo, que hace referencia
al estilo de afrontamiento para manejar la enfermedad crónica.
Los sujetos con altas puntuaciones de pánico-miedo tienden a exagerar sus síntomas, reaccionando ante la enfermedad con elevada ansiedad; siguen patrones circulares de falta de adhesión al tratamiento prescrito, con períodos de utilización excesiva de los fármacos para controlar las crisis y fases en las que toman menos medicación de la necesaria, centrando su atención en los potenciales efectos secundarios de ésta, lo que puede provocar la aparición de
un nuevo episodio de broncoespasmo e iniciar nuevamente la secuencia descrita.
Por el contrario, los pacientes con bajas puntuaciones en la dimensión pánico- miedo tienden a negar y minimizar su incomodidad física y sus síntomas e ignoran la importancia de su enfermedad, mostrando sistemáticamente un patrón de baja adherencia al tratamiento médico.
Ambos grupos originan altas tasas de rehospitalización que duplican las de los pacientes de iguales características en cuanto a enfermedad pero con niveles moderados de pánico-miedo. La dimensión pánico-miedo puede influir además en las características objetivas de la enfermedad y en el juicio clínico del médico.
Hay, por tanto, un alto nivel de morbi-mortalidad. No es sorprendente que las muertes por asma sean más frecuentes en adolescentes que en niños, llegando a estimarse la mortalidad del asma como 6 veces mayor en niños de 15 a 19 años que en los de 5 a 9 años.
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